Solo pienso en una cosa... no quiero cambiar.
Ni por un instante, me imagino la vida sin él. No quiero. No lo voy a aceptar nunca. Primero muerta... o... primero muerto.
Yo sabía que pasaba por su cabeza. Era la otra. ¡Claro! la otra, la que nunca olvidó. Siempre se lo dije y solo se limitó a decirme que yo estaba mal. Que yo estaba loca... y no me equivoqué.
Como sea, la vida no la tienes solo para ser, si no para ser feliz y sin él, jamás lo sería...
Ese día, el maquillaje de mis ojos estaba corrido, tenía demasiado mal aspecto. Me vió y me vió con lástima. Yo no quería su lastima. Se acercó a limpiarme las lágrimas. Volteé la cara. Molesto, tiró la servilleta echa vola frente a mí. Lo miré con profundo rencor.
-Eres imposible- me dijo por fin.
-Y la otra ha de ser blandita...- dije sonriendo con sarcasmo e ironía.
-¡Ya basta!- Gritó. Me tomó por los hombros y me miró directo a los ojos. -No hay otra.
-¡No me digas!- Me solré de sus manos. Seguía mirándolo con profundo desprecio. ¿Cómo podía hacerme eso a mi?
-¿Sabes que? te lo he dicho mil veces, si te dejo es por tus celos, nada mas!- Dijo con voz fuerte, clara y sin gritar. Odiaba que nunca perdía los estribos.Quebré en llanto. Quizo abrazarme, pero lo rechazé. No podía tenerlo cerca, pero tampoco quería tenerlo lejos.
De reojo, vi una pequeña estatuilla. Era el caballero de la armadura oxidada. Él, me la había regalado de cumpleaños. Lentamente, respiré. Él me veía expectante, esperando mi siguiente reacción. Solo que esta, no se la esperaba.
-No te bayas...- Supliqué. Él caminó a la puerta.
Tomé la estatua y con la base de metal, golpeé su cabeza. Cayó inconsciente. Lo jalé de los pies hasta el estudio. Estaba vasío, ya había recogido sus cosas. Iluso, jamás saldrá de aquí por su propio pié.
Corrí a la caja de su pick-up. Estaban todas sus herramientas. Había de todo. No ví exactamente qué aggarré. Regresé a la casa como pude.
Ví que su respiración era lenta, como si estuviera durmiendo.Cogí una cadena grande y la sujeté alrededor de sus muñecas y sus tobillos con un gancho. Creo que esos usaba para sostener el arnés. Aseguré con otro gancho igual el otro extremo de la cadena en las rejas altas de la ventana.
Cogí sus guantes aislantes y tambien un cilindro que calentaba metales. Tenía una mecha a base de gas y presión. No recuerdo su nombre.
Entre las herramientas, había cables. Tube que quitar el aislante con las pinzas. Con ellos, formaba diferentes figuras, círculos, ganchos, corazones...
Cuando terminé de hacer bastantes figuras con cables de cobre entrelazados, lo desperté con alcohol en la nariz.
Despertó exaltado. Volteó a su alrededor confundido. Intentó levantarse pero no pudo. Yo estaba sentada frente a él con las rodillas doblada y la barba recargada en mis dos manos.
Me miró aterrado.
-¿Qué demonios haces?
-Juego un jueguito... - Contesté alegremente.
-¡Suéltame!- Gritó.
-No... no te voy a soltar. ¡Vas a aprender lo que es amarme y nunca se te va a olvidar!- Vociferé con el nudo en la garganta.
Tomé su navaja. Me acerqué a el y justo en el ante brazo, hize una apertura grande y profunda. Aún recuerdo sus gritos, sus lágrimas. Al menos sabe lo que yo sufrí por él. Escarbé justo debajo de su piel, separándola de su carne. La sangre ya me había manchado toda la ropa.
Con el cilindro, calenté uno de los círculos de cable de cobre. Con las pinzas, levante su piel y lo acomodé debajo de ella.
Su voz parecía desgarrada, se retorcía de pies a cabeza. Sus lágrimas parecían de sangre, mas que de agua salada.
Lo tomé del cabello y lo besé. Aún seguía gritando, pero quería sentir dentro de mi pecho ese dolor. Acaricié sus labos con mi lengua, pero el no respondía. Seguí haciéndolo sin respuesta alguna, mas que los gritos desesperados.
Me hacía enojar. A cada momento me demostraba que ya no me amaba. Mi amor, no era mas grande que ese dolor físico, a pesar de que siempre afirmó lo contario.
Enojada, me levanté de su lado y corrí por el cilindro. Calenté otra figura, esta ves, era un corazón.
Hize la apertura justo en medio de su pecho. Esta ves, separé la piel de la carne con los dedos. Y con mas ganas aún, incerté el corazón de metal en medio de su pecho.
Volvió a gritar con mas energía. Las Lágrimas de sus ojos, salían a mares. Acerqué mi cara con la suya.
-¿Verdad que si me amas?- Pregunté esperanzada.Vi sus ojos aterrados, casi saliendo de sus lugares. Lo ladee un poco para recostar mi cabeza en su pecho. -Siempre he descanzado aquí. Siempre he suspirado aquí. ¿Porqué quieres irte?- Bajé la mirada. Empezé a llorar de nuevo. Mis lágrmas estaban mezcladas en su sangre. Era un pacto.Volví a mirarlo a los ojos y se encontraba ausente. -¡Contéstame!- Grité. -¡Contéstame! ¡Contéstame! ¡Contéstame!- Lo tomé por los hombros y lo agitaba, pero no obtuve respuesta.